La historia de La Vida Breve comienza mucho antes de su estreno. En 1904, el joven Manuel de Falla —gaditano de veinticinco años, sin recursos pero con un talento descomunal— se presentó al concurso de ópera organizado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. El libreto era obra de Carlos Fernández Shaw, poeta y dramaturgo que supo capturar en pocas páginas toda la densidad emocional del mundo gitano-andaluz. El jurado otorgó el primer premio a la obra sin dudarlo. Y ahí, durante casi una década, la partitura durmió en un cajón.
Fue el periodo parisino de Falla —entre 1907 y 1914, años de amistad fecunda con Debussy, Ravel y Dukas— el que transformó la partitura original. Sin perder su esencia española, la obra incorporó la precisión orquestal del impresionismo francés. Cuando por fin se estrenó en el Théâtre Municipal de Niza el 1 de abril de 1913, el público y la crítica respondieron con entusiasmo. Madrid tendría que esperar hasta noviembre de ese mismo año para escucharla en el Teatro de la Zarzuela.